¿Por qué si la testosterona es beneficiosa, no se usa de un modo generalizado? (Parte 1 de 3)


El paso de los años es el causante de que la testosterona decrezca a un ritmo del 1% al 5% anual a partir de los 35 años. Pero al no tratarse el envejecimiento como una enfermedad, sino como algo inevitable, se limitan las posibilidades de investigación y aplicación de estos fármacos tan beneficiosos para la salud.

La concepción tradicional de que la medicina es reactiva contribuye a que este tipo de terapias no se planteen, ya que la testosterona se utiliza como tratamiento preventivo. Clásicamente se recurría al médico cuando los síntomas ya habían comenzado, pero para prevenir se debe empezar antes de que estos aparezcan. ¡De poco sirve reponer vitamina D en ancianos que ya están en una residencia para evitar fracturas de cadera! Del mismo modo, bajos niveles de testosterona predisponen al individuo a tener más probabilidades de cáncer de próstata, déficit del músculo, así como incómodos síntomas sexuales, psicológicos y somáticos.

Dr. Iván Moreno – Equipo Médico Neolife


Uno de los mecanismos que hay tras el envejecimiento es el declive hormonal que sufrimos con los años

El envejecimiento se asocia con un deterioro multisistémico, basado en muchos mecanismos diversos, que acaban condicionando un deterioro de nuestros tejidos, nuestras funciones y nuestra calidad de vida, facilitando la aparición de enfermedades crónicas.

No existe tal cosa como “envejecimiento saludable”, esta expresión es un oxímoron (incluye a la vez una idea y su contraria). Lo saludable es retrasar el envejecimiento usando cuantas armas a nuestro alcance tengamos (que hayan mostrado un buen equilibrio entre beneficios y riesgos). Nadie quiere tener 30 años para siempre, lo que deseamos es madurar con calidad de vida, y envejecer (enfermedades, limitaciones, …) lo más tarde posible.

Hay muchos mecanismos tras el envejecimiento que estamos conociendo en las últimas décadas y uno de ellos es el declive hormonal que sufrimos con los años.

En hombres y en mujeres, este declive se ve caracterizado por menores niveles de andrógenos (DHEA y Testosterona), que facilitan el deterioro progresivo que conocemos como envejecimiento.

DHEA y testosterona

A partir de los 40-45 años como regla general, aparece una disminución gradual de los niveles de andrógenos, que está detrás (aunque no es el único factor) de:

  • La pérdida de masa y rendimiento muscular.
  • La ganancia de grasa visceral (un órgano tóxico que produce sustancias pro-inflamatorias que causan resistencia a insulina, riesgo de diabetes, aterosclerosis y finalmente mayor riesgo cardiovascular).
  • Alteraciones anímicas, con más tendencia a la depresión y el desánimo.

Ante esta perspectiva, en un enfoque integral de salud y prevención, además de fomentar los principales pilares básicos de la salud (nutrición óptima, ejercicio, descanso y manejo del estrés) valoraremos también la optimización de los niveles hormonales. El objetivo es mantener unos niveles más parecidos a los que teníamos en nuestra juventud. Esto no hará que volvamos mágicamente a ser jóvenes, pero sí que permitirá minimizar el papel que estos cambios hormonales tienen en el envejecimiento. En concreto hoy hablaremos de la reposición de testosterona en hombres.

La testosterona funciona

La testosterona ha demostrado en varones y en mujeres con niveles disminuidos por la edad u otras causas mejorar parámetros como:

  • El porcentaje de masa muscular y el rendimiento físico.
  • Disminuir la grasa visceral.
  • Mejorar el estado anímico.
  • Mejorar la libido y el desempeño sexual.

No hay que llevarse a engaño: la testosterona mejora el contexto hormonal en el que vamos a realizar unos cambios de hábitos saludables (ejercicio, dieta, etc.), mejorando así el rendimiento de nuestros esfuerzos… pero los esfuerzos hay que hacerlos. Los jóvenes que no cuidan su dieta y son sedentarios están obesos, independientemente de lo óptimos que sean sus niveles. De momento no hay nada descubierto tan potente como el ejercicio bien dirigido y una nutrición óptima.

Y entonces… ¿por qué no hay un acuerdo unánime entre los médicos en que los hombres o mujeres con niveles bajos deberían usarla?

Desde la medicina a veces tenemos tendencia a dar respuestas redondas y cerradas cuando lo cierto es que no siempre los temas están completamente zanjados. Este tema en concreto: la reposición de testosterona, enciende pasiones entre defensores y detractores, y resulta llamativo incluso para un profesional (como es mi caso) ver como compañeros con poco conocimiento del tema tienen una postura cerrada, que defienden con vehemencia, aunque la persona con la que hablen conozca con mucha más profundidad la evidencia científica al respecto.

En mi opinión, hay múltiples factores implicados en que una estrategia que –bien utilizada- podría mejorar la salud y la calidad de vida de muchas personas, no sea parte de la rutina médica actual.

Este es un tema extenso, que trataremos a lo largo de una serie de newsletters para facilitar su lectura y poder comentar las diferentes vertientes de este problema. Hoy hablaremos del trasfondo global que no considera al envejecimiento como un ámbito en el que centrar esfuerzos diagnósticos y del problema que causa la medicina reactiva.

El envejecimiento no es una enfermedad.

Y no puede considerarse así, más allá de las convicciones de cada uno, por una cuestión estadística… lo padece demasiada gente.  La Clasificación Internacional de Enfermedades CIE no contempla que envejecer sea una enfermedad, lo que limita las posibilidades de investigación, destino de recursos a tal efecto o desarrollo de nuevos fármacos que tengan como finalidad la prevención o tratamiento del envejecimiento. Clásicamente se ha dicho que no se conocen mecanismos o genes propios del envejecimiento, y que este fenómeno se da en todos los individuos de todas las especies: es decir, es ley de vida.

Podemos entrar en consideraciones filosóficas, sobre si debemos envejecer y morir o no.… pero no podemos obviar que, en buena definición de los términos, la medicina siempre se ha dedicado a evitar el envejecimiento (retraso de aparición de enfermedades e incapacidad, disminución de mortalidad, etc.). El problema es que hoy en día solo consigue resultados mediocres.

En general el debate que se plantea no es el de la inmortalidad, sino el de mejorar la calidad del último tercio de la vida. Las personas no quieren ser inmortales… lo que no quieren es vivir prolongadamente con una mala calidad de vida.

Por suerte, esta falta de perspectiva para adelantarnos a una crisis social y sanitaria como es el envejecimiento no saludable de la población, está comenzando a cambiar y cada vez hay más interés en el colectivo médico y científico a este respecto.

Hace unos años se aprobó por primera vez un estudio en el que el resultado investigado era la prevención del envejecimiento y sus efectos con metformina.

Actualmente hay en marcha muchos estudios en este sentido, aunque no valorando directamente el ítem “envejecimiento” sino algunos de sus efectos colaterales como la artrosis, la pérdida de masa muscular, la fibrosis pulmonar…. Es una forma de ir “haciendo camino”, pero no hay que perder de vista el enfoque global. Cuando trabajamos para prevenir una enfermedad, estamos ganando tiempo para que aparezca otra diferente… el envejecimiento es la enfermedad.

La medicina reactiva del siglo XIX

La medicina se ha ido definiendo desde la enfermedad hacia la salud. Los primeros hospitales eran hospicios de cuidados paliativos atendidos por religiosos. Poco a poco hemos ido avanzando hacia la prevención, hacia la salud pública y sólo muy recientemente hacia la salud entendida como estado óptimo y no como ausencia de enfermedad.

Clásicamente se recurría al médico cuando los problemas comenzaban, quedando en ocasiones pocas alternativas para la cura y habiendo de “remendar” las situaciones lo mejor posible. Este enfoque, fruto de la urgencia que la enfermedad imponía en sistemas sobrecargados y de una cultura más reactiva (tanto en médicos como en pacientes) se arrastra todavía.

El problema de la prevención es que debe comenzar antes de que aparezcan los problemas. ¡De poco sirve reponer vitamina D en ancianos que ya están en una residencia para evitar fracturas de cadera! Del mismo modo la testosterona requiere mantener unos niveles óptimos que faciliten que la dieta y el ejercicio tengan más rendimiento para mantenernos óptimos o, en caso de haber descuidado nuestra salud, deshacer el camino andado poco a poco.  Si queremos seguir manteniendo un buen porcentaje de masa muscular y hueso, hemos de entrenar desde ya y mejorar el entorno hormonal. Cuando llegue el momento de la verdad, tener fuerza o no puede decidir si sobreviviremos a una neumonía por ser capaces de toser eficazmente, o si podremos seguir viviendo de forma independiente cuando tengamos 80 años.

En esta primera newsletter hemos introducido el problema y hemos visto las limitaciones que hay en la medicina convencional para aproximarnos al envejecimiento con una actitud más proactiva. En la siguiente entrega de esta serie hablaremos de la falacia de “estar dentro de lo normal para su edad” y de los mitos que hay asociados a las hormonas, tanto en pacientes como en médicos.


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