El envejecimiento a través de los tiempos


El envejecimiento, la longevidad, la vida eterna y la eterna juventud han sido conceptos que han preocupado profundamente a toda la sociedad desde tiempos ancestrales.

Hoy, en pleno siglo XXI, resulta cuanto menos curioso toda esta forma de pensar y proceder. Tenemos más conocimiento que nunca en nuestra historia acerca de qué cosas nos pueden beneficiar y qué cosas nos pueden perjudicar, podemos realizar diagnóstico de enfermedades en estadios preclínicos años antes de que se manifiesten, podemos personalizar mediante tests genéticos las dietas e incluso los estilos de vida de las personas…

Dr. Francisco Martínez Peñalver – Equipo Médico Neolife


La medicina del futuro hará aumentar la longevidad hasta edades nunca vistas con anterioridad. Y esto traerá otro tipo de dilemas éticos y filosóficos.

A través de los tiempos el envejecimiento, la longevidad, la vida eterna, la eterna juventud, etc., han sido conceptos que han preocupado profundamente a toda la sociedad. Vivimos en tiempos donde se comienza a hablar acerca de que si alargamos los telómeros frenaremos dicho envejecimiento y evitaremos enfermedades, que si controlamos el gen p21 hallaremos la cura del cáncer, que quizás podríamos imprimir órganos humanos en impresoras 3D, o que tal vez trasplantar células madre nos permita que no nos deterioremos nunca. Incluso el expresidente Clinton dijo una vez que para las generaciones futuras la palabra “cáncer” únicamente significará el nombre de una constelación estelar.

Pero esta búsqueda a estas mismas respuestas no es algo nuevo: ya en la Biblia se menciona que el hombre fue creado para ser inmortal, y al morder la fruta del árbol prohibido, esa transgresión moral nos privó de ese don tan preciado. De hecho, según la Biblia, Adán vivió 930 años, su descendiente Shem 600, y así fue disminuyendo hasta Abraham, que “solo” vivió 175 años. Así se creyó literalmente hasta el siglo XVII, incluso en los círculos científicos más elevados, por lo que se generó la sensación de que el hombre cada vez vivía menos, que había algo en la civilización que estaba haciendo cada vez más corta la vida. En ese momento, por primera vez, se comienzan a describir hábitos de vida saludables e insalubres.

El envejecimiento a través de los tiempos. Neolife

Históricamente han existido dos teorías para explicar el proceso del envejecimiento. La primera atendía a que el envejecimiento no era otra cosa que una progresiva pérdida del calor corporal. Hacerse mayor era hacerse frío (getting old is getting cold), tener menos vitalidad, ser menos fogoso; lo que te hacía ser vital era una especie de “llama interna” que se iba apagando con los años hasta consumirse por completo en el momento de la muerte. La segunda teoría tenía que ver con el líquido: el envejecimiento era una pérdida gradual de líquido (“con la edad nos vamos secando”). El ejemplo obvio era la comparación de la piel húmeda y tersa de un bebé con la piel cuarteada y seca de un anciano. Desde la Antigua Grecia hasta el siglo XIX el envejecimiento era un proceso de enfriamiento, de secado o una combinación de ambos.

Avanzando en estas teorías se puede explicar por qué, desde la antigüedad, el consejo más repetido para un envejecimiento saludable es limitar el consumo calórico. Hay que comer para mantener la llama interna, pero un consumo excesivo de calorías puede suponer que la llama se agote antes; por tanto, hay que comer únicamente lo necesario y evitar las grandes ingestas de calorías. Y este es un dogma que llevamos predicando desde los tiempos de la antigua Grecia, con Pitágoras y su dieta basada en vegetales y semillas, sin vino ni carne, hasta el último informe del Comité de aspectos médicos basados en la comida y la nutrición de los Estados Unidos. Si antes consumir carne asada era perjudicial, porque “encendía demasiado la llama vital”, o porque “causaba un desequilibrio en los líquidos (humores) del cuerpo”… ahora sabemos que consumir carne asada en exceso aumenta los niveles de colesterol que forman la placa de aterosclerosis y tiene propiedades cancerígenas.

En el siglo XVII, Francis Bacon, al igual que los gerontólogos actuales, ya pensaba que si vencíamos las limitaciones de la Medicina el ser humano estaba preparado para vivir mucho más tiempo del que realmente lo hacía. Desde entonces, han sido muchos, algunos de ellos muy peculiares, los intentos por acelerar este proceso de aumento de longevidad.

En ese mismo siglo XVII, otro gran filósofo, Descartes, dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de ese secreto que detuviera el envejecimiento; por eso fue un shock su muerte a la edad temprana de 54 años. Un discípulo suyo, Michel de Montaigne, escribió acerca de la longevidad explicando que para lograrla había que abandonar el vino, la carne roja, evitar ambientes fríos, dormir recostado sobre el lado derecho y tomar pastillas de Ruibarbo tres veces al día.

Hoy, en pleno siglo XXI, resulta cuanto menos curioso toda esta forma de pensar y proceder. Tenemos más conocimiento que nunca en nuestra historia acerca de qué cosas nos pueden beneficiar y qué cosas nos pueden perjudicar, podemos realizar diagnóstico de enfermedades en estadios preclínicos años antes de que se manifiesten, podemos personalizar mediante tests genéticos las dietas e incluso los estilos de vida de las personas…

Aun así, continuamos la búsqueda de esa eterna juventud, de esa longevidad. Se espera que las investigaciones médicas en el año 2029 sean capaces de aumentar un año la esperanza de vida por cada año que pase. Con el aumento de la longevidad aparecerán nuevas enfermedades, nuevos retos, nuevas situaciones hasta ahora nunca planteadas. Ello traerá otro tipo de dilemas éticos y filosóficos, pero no deja de ser apasionante pensar que esos son los retos que la Medicina del futuro tendrá que afrontar.


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